¿Quiénes somos?
La Comunidad Natividad del Señor inició sus actividades en febrero de 2008 y forma parte de la parroquia San José Obrero de Paysandú.
Actualmente, nuestros encuentros y acciones se desarrollan en la chacra ubicada en la calle 91 de la localidad Pay Chacras. En este espacio se encuentra la Capilla Nuestra Señora de Lourdes, situada en la zona del arroyo San Francisco, a tan solo 5 km de la ciudad de Paysandú.
Somos una comunidad en la que compartimos la vida con niños desde los 3 años, junto a adolescentes y jóvenes que integran el equipo de animación. Actualmente participan alrededor de 60 chicos de manera constante y unos 15 que se suman de forma más esporádica.
La institución nace con el propósito de acompañar a niños, adolescentes y jóvenes en su desarrollo integral, inspirada en el Evangelio y guiada por la doctrina social de la Iglesia. Desde sus inicios, se ha buscado crear un espacio de encuentro donde cada persona pueda crecer en lo personal, lo social y lo espiritual, siempre priorizando la dignidad humana.
Los niños provienen de distintos barrios de Paysandú y reflejan una gran diversidad de realidades y experiencias. Muchos de ellos proceden de contextos desfavorables, pero aquí encuentran un espacio de encuentro, acompañamiento y crecimiento.
Con alegría y compromiso, también abrimos nuestras puertas a niños con capacidades diferentes, porque creemos firmemente que cada persona tiene un lugar en la comunidad y algo valioso para aportar.
En el marco de la educación no formal, nuestra institución busca promover la formación en valores cristianos, que permitan a niños, adolescentes y jóvenes desarrollar capacidades, habilidades y pautas de convivencia social.
Historia
Los orígenes de la Comunidad Natividad
La historia de la Comunidad Natividad comienza en 1979, cuando las calles del barrio se llenaron de vida con los primeros pesebres callejeros. Aquella iniciativa nació junto a la hermana Teresita Dala Santos, de la Congregación de Hermanas del Buen Pastor, y contó con la colaboración de la maestra Gladys Tellería, quien vivía y trabajaba en la escuela del barrio. Con su dedicación, Gladys dio continuidad a esta actividad durante años, convirtiéndola en una tradición que marcó profundamente la identidad de la comunidad. El entusiasmo del párroco Padre Carlos Silva fue también decisivo: alentó cada paso de este proyecto evangelizador con una fe que se contagiaba.
Más de 60 niños y adolescentes, provenientes del barrio Unión y de las chacras cercanas (lugares donde la presencia de la Iglesia era escasa, pues aún no existía una capilla) se sumaron con alegría. La cantidad de participantes fue tan grande que se incorporaron la música y la danza, logrando que todos pudieran sentirse parte de la representación. Desde mediados de noviembre, los ensayos diarios llenaban el baldío del barrio de risas, cantos y melodías. Y cuando llegaba el momento de las presentaciones, las calles y terrenos vecinos se transformaban en escenarios vivos, donde la fe se hacía comunidad y la comunidad se hacía fe.
El Padre Carlos soñaba con levantar una capilla dedicada a Nuestra Señora de Lourdes. Aunque el proyecto del terreno no llegó a concretarse, nos regaló la imagen de la Virgen, que la comunidad adoptó como su patrona. Desde entonces, su presencia fortaleció nuestra identidad espiritual y acompañó cada paso de este camino de fe compartida.
En esos mismos años, el grupo organizaba también viacrucis, recorriendo el barrio y distintos puntos de la ciudad. Con cada estación, el mensaje de Cristo se hacía presente en nuevos rincones, consolidando un camino de evangelización que, hasta hoy, sigue iluminando la vida de la comunidad.
Nace una comunidad
La realidad social del barrio preocupaba: niños en las esquinas, la sombra del alcohol y la droga. Frente a ese panorama, Gladys soñó con un espacio distinto, capaz de proteger y acompañar a los chicos en riesgo. Así nació la idea de formar un grupo estable. A su lado se sumaron dos jóvenes referentes, Facundo Sánchez y Giulliana Imperial, quienes desde pequeños habían participado en los pesebres y ahora ofrecían su entusiasmo para dar vida a este nuevo proyecto.
En diciembre de 2007, el Padre Julio Martínez llevó al campito de ensayos al Mons. Pablo Galimberti. Allí se presentó formalmente la propuesta y, al día siguiente, en una reunión en Casa Nicolini, Monseñor concedió la autorización. Era el primer paso hacia una nueva etapa.
El sueño estaba vivo, aunque aún faltaba un lugar físico donde hacerlo realidad. La esperanza, sin embargo, no se apagaba. Se pidió el acompañamiento de una hermana Pastorcita para fortalecer la evangelización, y poco a poco la idea comenzó a tomar forma. Fue entonces cuando el señor Schapapietra, conmovido por la entrega del grupo, ofreció una pequeña casita en su aserradero para los ensayos del pesebre. Ese gesto sencillo, pero cargado de solidaridad, abrió la puerta para que el proyecto pudiera finalmente comenzar.
El 11 de febrero de 2008, la comunidad celebró una misa junto a su patrona, Nuestra Señora de Lourdes, quien ya los había acompañado durante casi una década en cada pesebre. Aquella celebración fue más que un rito: fue el símbolo de un nuevo inicio.
En marzo, el sueño se transformó en acción. Niños, adolescentes y jóvenes (más de 80 en total), junto con el apoyo generoso de varias madres, comenzaron a dar vida a una propuesta que unía talleres de manualidades, dibujo, juegos, música y coreografía. Todo ello se entrelazaba con una evangelización creativa, marcada por la convivencia y los valores que fortalecían la fe compartida.
El nombre elegido fue NATIVIDAD, en honor al pesebre que había inspirado cada paso. Y como si la historia quisiera dejar una huella imborrable, en noviembre de ese mismo año se realizó el primer campamento en Casa Nicolini. Fue un hito que marcó el inicio de un camino de fe, fraternidad y esperanza.
Desde entonces, esa luz continúa iluminando la vida de la comunidad, recordando que los grandes proyectos nacen de pequeños gestos y de corazones dispuestos a creer.
En 2009, la comunidad dio un paso importante: por pedido de las familias y con la autorización del párroco, se incorporó la preparación para la Primera Comunión. Al inicio se aplicó un esquema catequético más escolarizado, pero pronto se vio que muchos niños se alejaban a mitad de año. Entonces el grupo ajustó el rumbo: se entregó una Biblia a cada niño y se dedicó una hora de evangelización con canciones, lecturas breves, gestos y oraciones. La fe se volvió más cercana, más viva. Ese año también se realizaron dos campamentos largos y se comenzó a asistir a misa en la Capilla de Fátima los sábados. Allí nació la Adoración al Santísimo, primero en los campamentos, con espacios adaptados por edades y siempre acompañados de música y oración.
En febrero de 2010, la comunidad emprendió su primer viaje al Santuario de Lourdes en Montevideo, una experiencia que fortaleció la devoción y la unidad. Ese mismo año se comenzó a participar en jornadas diocesanas de adolescentes, abriendo horizontes más amplios.
El 2011 trajo la primera experiencia misionera: en enero, junto a los Cooperadores del Buen Pastor de Argentina, la comunidad se lanzó a anunciar el Evangelio. En abril, debieron entregar la casita que les servía de sede y, sin un lugar físico, comenzaron a reunirse en un terreno baldío cercano a la Capilla de Fátima. Ese año también partió la hermana Marlene de regreso a Brasil. A pesar de las dificultades, la vida comunitaria se intensificó: cuatro campamentos anuales, más horas de Adoración y las primeras comuniones celebradas, consolidando un camino catequético propio.
En 2012, la Parroquia concedió un espacio físico en la Capilla de Fátima. Gladys asumió la evangelización, incorporando nuevas tecnologías,con contenidos centrados en los tiempos litúrgicos: Cuaresma, Pentecostés y Adviento. Se realizó la segunda misión con los Cooperadores y la comunidad participó en el Encuentro Nacional de la Juventud en Maldonado, representando a la parroquia.
El año 2013 marcó una nueva etapa: el P. Miguel Gutiérrez asumió como párroco y tomó el acompañamiento de Natividad. Bajo su guía, el grupo se integró más a la vida parroquial, se dio estructura y orden, y comenzó la formación de líderes servidores siguiendo el modelo de Jesús. La Adoración Eucarística se potenció como centro de la vida comunitaria y se encendió la espiritualidad misionera y carismática. La comunidad participó como servidores en misas carismáticas y se iniciaron los retiros de Convivencia con Dios.
En septiembre de 2014, el P. Miguel fue trasladado a Artigas y el P. Martín quedó como Administrador Parroquial. En 2015, el P. Martín ofreció un espacio estable de Adoración en la Capilla de Fátima: desde entonces, todos los viernes la comunidad se reúne allí. La Adoración Eucarística se consolidó como el pilar central de Natividad. El P. Miguel, con autorización del obispo, continuó acompañando y asesorando.
Entre 2015 y 2016, la comunidad se lanzó a la misión más allá de las fronteras del departamento. Se realizaron misiones en Artigas, en Yacaré,Cuaró y en la inauguración de la Capilla de Adoración Perpetua, además de una misión en el pueblo Cuaró junto a la Renovación Carismática Católica. El símbolo de esos años fue claro: “Natividad es un tren sobre dos rieles: comunidad y apostolado”.
En 2020, la Santa Providencia, a través de la solidaridad de Elisa, regaló a la comunidad una chacra. Allí se estableció el centro de Natividad, donde cada sábado se reúnen para acompañar a niños y adolescentes en sus actividades. Poco después, se inauguró la Capilla de Nuestra Señora de Fátima,(se concreta el sueño de la capilla Nuestra señora de Lourdes) construida por Elisa y su familia, quienes se convirtieron en pilares de esta obra.
Hoy, bajo el amparo de Nuestra Señora de Lourdes y sostenidos por la Adoración Eucarística, la Comunidad Natividad del Señor sigue formando niños, adolescentes y jóvenes en la fe, la fraternidad y el servicio. Su identidad, nacida en los pesebres de 1979, organizada como grupo en 2008 y madurada en clave misionera entre 2013 y 2016, continúa en camino. “Reunidos en cenáculo”, evangelizan con alegría y llevan a Jesús, presente en la Eucaristía, al corazón de cada comunidad. Crean espacios de fraternidad, de vida comunitaria, de acompañamiento e integración social, atendiendo las necesidades de los niños y adolescentes, potenciando sus dones para que cada uno pueda alcanzar una vida digna.